Tuesday, October 24, 2006


Maitri: Hacerse amigo de uno mismo
Por Naila Castillo

Siempre que se inicia un camino espiritual surgen fantasías y proyecciones acerca de lo que ese camino puede hacer con nuestra vida, acerca de cómo vamos a volvernos mejores y más buenos, acerca de cómo la gente va a incorporarnos y va a querernos; creemos que mágicamente vamos a ser más abiertos y que todo se va a volver claro y sencillo; pero a medida que uno empieza a andar se va dando cuenta de que las cosas son tan simples que son incapaces de comprenderse desde la solidez del ego.
Todo en la vida se cimenta en la comunicación. Comunicarse es conectarse, y esto implica una cualidad de espacio, donde se pueda mover lo que se está tratando de comunicar y de flexibilidad en la dinámica. Surgen entonces tres factores esenciales: la irradiación (transmitir algo), el recibir y la interrelación de éstos.
La realidad está constantemente irradiando información de distintas formas, pero la comunicación sólo se produce cuando el cuerpo y/o la mente se alinean con alguna de esas frecuencias. Para que esto se produzca se necesita apertura; y mientras más apertura más espacio libre.
Todos los conflictos humanos nacen por el dolor que produce el roce con la realidad debido a los apegos, al rechazo y la ignorancia de seguir manteniendo la idea de que existe un yo y un otro. Todos buscamos aprender a conectarnos con la realidad del mundo externo (vínculos, relaciones) y del mundo interno (pensamientos, emociones, recuerdos), cada uno a través de diversas formas, pero lo cierto es que no podemos comunicarnos abiertamente con el mundo cuando seguimos manteniendo cientos de fantasías acerca de nosotros mismos.
Todas las enseñanzas acerca de la compasión, la bondad, el desapego y la libertad, no comienzan hacia fuera sino desde uno mismo. Como dije antes, la comunicación necesita una irradiación, pero si hay obstáculos en ésta, la comunicación no se produce, hay ruido. Los obstáculos son nuestras fantasías acerca de lo que creemos ser, acerca de lo que nos gustaría ser, acerca de lo que nos gustaría que los demás creyeran de nosotros.
Cuando le preguntaron al Dalai Lama cómo se podía resolver el hecho de que la gente se odiara a sí misma o fingiera que era de otra forma porque se rechazaban, respondió que no era posible que eso existiera, que el ser humano es incapaz de odiarse a sí mismo; Lamentablemente el 90% de la población occidental no siente respeto por sí misma y esa situación da origen a la violencia y a la velocidad que lleva el mundo de hoy. Cuando no podemos aprender a mirarnos a nosotros mismos con respeto, paciencia y honestidad, como podemos pretender lograr comunicarnos con los demás.
En el Budismo, no hay forma de llegar a los otros ni de alcanzar las cualidades de espacio y claridad que posee la mente si uno ni siquiera puede ser sincero con uno mismo.
Cuando un agricultor compra una tierra, necesita ver la tierra tal cual es con todos los nutrientes y con todas sus sequedades, porque esa es la tierra que va a utilizar, de nada le sirve fantasear con tal o cual tierra del vecino o con que haría si tuviera la mejor tierra o con imaginar un valle nutrido en una tierra árida. Necesita ver su material sin recrear proyecciones que le quitan energía y que no sirven para nada.
Obviamente es más fácil decirlo que hacerlo, por ésta razón surge un factor importante: la voluntad. Es decir tener el coraje una y otra vez para mirarse tal cual uno es.
Los seres humanos tendemos a meternos en una madriguera a esperar la oportunidad para salir y expandir un poco más “nuestro territorio” que siempre está basado en ilusiones, y cuando afuera se pone duro nos volvemos a esconder, y así vivimos pasando de la estrechez a la apertura. Desarrollar la voluntad es comprender que no hay necesidad de expandir ningún territorio, que las cosas tienen una actividad natural y que no es necesario controlarlo todo; es mirar el mundo y dejar que éste nos involucre en su juego. Es igual que cuando uno se sienta en una vista panorámica a mirar un paisaje, uno ve como la naturaleza desarrolla todo su juego; todo está en constante actividad y sin embargo no hay ningún guión para ello. Incluso uno es parte de ello, y reconocer esto es dejar de utilizar la voluntad para armar el mundo que queremos y aprender a valorar el que tenemos. Este valorar, tiene que ver con desarrollar un sentimiento de riqueza que no está sujeto a algo material o a algo externo que obtuvimos, sino a todo lo que uno es, apreciando la dignidad que todos los seres humanos tenemos, apreciando todo aquello que damos por sentado, como el respirar, el poder usar todos nuestros sentidos, el simple hecho de estar presentes. También valoramos nuestro pasado.
Cuentan los sutras budistas que cuando el ego de Siddharta (Buda Sakiamuni), observó hacia atrás en su pasado se dio cuenta que había matado y había dado vida, que había sido rico y también pobre, infeliz y feliz, mujer y hombre, joven y viejo, agresivo y calmo, corrupto y piadoso, entonces, se puso a llorar, pero no de angustia sino por compasión. Todas esas cosas que el observaba, eran parte de él, del Buda. Solamente cuando las aceptó como parte de sí, alcanzó la iluminación.
El secreto es reconocer todo aquello que creemos que jamás le mostraríamos a los demás. Reconocer que todas nuestras tendencias, nuestros recuerdos dolorosos, nuestra visión fea de nosotros tiene que ver con mecanismos de defensa que no nos permiten vivenciar el momento presente, que no nos dejan comunicarnos abiertamente con la realidad y que son anclas que no permiten la liberación. La manera no es hacer oídos sordos a las cosas sino incorporarlas, aceptar que a lo largo de nuestras vidas, sobre todo en ésta presente hemos sido estúpidos, pero que incluso ésta estupidez surge por comodidad. Tampoco se trata de analizar y revolver el pasado, como dice el dicho “lo pasado, pisado”. No es importante el porqué de las cosas, sino el para qué. Si nos vinculamos con recuerdos o cosas que nos molestan de nosotros, es importante en primer lugar hacernos cargo de ellas, no importa si las heredamos, si nos contagiamos, o lo que sea. La única manera de relacionarnos abiertamente con nuestros conflictos y tendencias es observando cómo nos vinculamos con las cosas y no las cosas en sí.
A medida que vamos incorporando todo éste material que evaluamos como desagradable, nos vamos dando cuenta también que surgen como formas de controlar el territorio de ese yo inexistente que damos a luz momento a momento a través de un pegoteo sumamente complejo que se produce constantemente.
Los pensamientos, las emociones destructivas como la ira, los celos, los apegos, el odio, las emociones como la alegría, la felicidad, que en general siempre vienen a raíz de algo que obtuvimos, todo eso surge como forma de controlar, ¿de controlar qué?, de controlar el hecho de que en realidad todo lo que vivimos no es más que un punto “sin importancia” en medio del universo, de controlar la realidad de que en sí no somos el eje de la creación, y de escapar a la realidad de que a todos nos pasa lo mismo. Por tanto uno debería preguntarse: ¿Qué estoy tratando de controlar? ¿Es posible ocultar algo de mi mismo, sea recuerdos, tendencias, actitudes? Lo que en realidad no queremos entender es que todo lo experimentado deja luego de existir y se convierte en una realidad muerta.
Es ridículo e imposible sostener un personaje que no nos permite establecer una comunicación real con el mundo y estar presentes a cada momento.
Cuando vamos reconociendo todas éstas cosas nuestras como cualidades y como potencial de trabajo, todas esas actitudes de no-respeto y desprecio por uno mismo se van cayendo, es como si la hipocresía y las caretas se fueran despegando sin esfuerzo, caen en forma natural; no hay nada que hacer.
La vida no se trata de agradar al mundo ni de volverse mejor, sino de ser lo más sincero y franco posible para soltar todas las ataduras que cargamos y vivir simplemente siendo.
Es simple, si nos miramos en el espejo de la devoción y vemos que en realidad nuestra preciosa existencia es la de un Buda en potencia, descubriríamos que la competencia, la inseguridad, la dependencia de otros, la falta de confianza y demás, no tienen cabida. Al fin y al cabo eso es hacerse amigo de uno mismo.

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